domingo, 10 de enero de 2016

[Con tan sólo un paso] Capítulo 18


18

«Nosotros…»


 

 

Según la cantidad de tiempo que le había dedicado a llorar, creía lógico que ya no tuviese más lágrimas que derramar, pero estaba equivocado; cada vez que Enzo lo ignoraba, de nuevo sus ojos se humedecían. El error que había cometido fue tan grande que no supo verlo. Quería arreglar las cosas pero quien pensó que siempre iba a perdonarle todo, ya no estaba. Estaba sumido en una terrible oscuridad que lo llevaba a una obnubilación de sus sentidos.

 

La oportunidad de verlo de nuevo gracias al incidente con la madre de Thom lo tomó como una señal. Por lo menos en esas circunstancias no podría huir. Efectivamente había sido así, pero precisamente por ese ambiente es que no pudo tener una oportunidad de hablar con él.

 

El último día que Franceska estaría en observación, lo presionó a buscar una oportunidad para hablar con Enzo. Nunca pensó que llegara el día en el que el entrañable Enzo, al que siempre molestaba, al que le resultaba tan fácil manipular, le llegara odiar de una forma tan visceral. No podía juzgarlo, lo que había hecho era macabro, de hecho se sorprendía que no hubiese dejado la banda por su culpa.

 

Ese día agradeció que Franceska tuviera que hablar con Damien y los dejara a todos esperando. Ese fue el momento que aprovechó para pedirle a Enzo un poco de su tiempo. Como era de esperarse le dio un trato más amable a la pared que a él, es que de hecho ni siquiera lo trató. Cada vez que lo ignoraba se sentía peor, como si lo apuñalaran incontables veces.

 

— ¡Espera por favor!

 

Ir corriendo detrás de él era su último pasatiempo. Gritarle y esperar a que le diera una señal de que estaba en su campo de visión todavía, pero no había ninguna respuesta positiva a sus demandas. 

 

— ¡Escúchame por favor!

 

Era la frase más genérica de súplica que existía y al parecer fue la que necesitó para que Enzo parara. En cuanto lo hubo alcanzado, se colocó al frente de él e intentó articular sus primeras palabras sobre alguna explicación que no tenía estructurada. No se demoró mucho en entender por qué Enzo se había detenido; la respuesta fue dolorosa, cuando sintió como le agarraban del cuello y lo estrellaban contra la pared. Un gemido sordo fue el único que salió de su boca.

 

— Déjame en paz, estoy tratando de ser lo más diplomático posible pero me dejas sin opciones. Es enserio Dylan, no me busques, no me hables, no me determines, porque eso pienso seguir yo haciendo.

— Escú…chame, no pido mucho.

— ¡No! No quiero escuchar más de tus mentiras. Jugaste con algo demasiado sagrado, te burlaste de lo que nunca debiste haber tocado y me fallaste como nunca nadie antes lo había hecho.

 

Esa crudeza en sus palabras le llenó de nuevo los ojos de lágrimas. No podía decirle esas cosas y pretender que quede impasible como si fuera un insensible hijo de puta. Lo sabía, lo que había hecho era algo terrible, pero no había tenido muchas opciones, después de todo no sólo dependía de él.

 

— Enzo… yo no pude controlar eso.

— Eras el maldito papá de ese niño, también tenías derecho a decidir si iba a nacer o no.

 

Los dedos de Dylan se encresparon en el brazo que le estaba trancando la respiración. Los ojos se nublaron mientras se percató que estaba pronto a desmayarse, realmente Enzo no estaba controlando su fuerza en ese momento. Lo que decía era cierto, él pudo haber hecho que ese niño hubiese nacido.

 

Enzo era la persona más noble que jamás había conocido, en cuanto se enteraron que su exnovia en un alto grado de certeza estaba embarazada de su hijo, él se ofreció a criarlo junto con Dylan. Habían estado hablando durante la noche del día en que se enteraron de la noticia, qué querían hacer y así fue que salió la propuesta de criarlo juntos. La exnovia de Dylan no estaba muy animada con la idea del bebé y fue quien manifestó sus deseos de abortar desde el comienzo, Dylan la apoyaba firmemente hasta que vio a Enzo tan entusiasmado con la idea del bebé.

 

Después de discutir muchas cosas al respecto, se dio cuenta que no sería malo si tenía a su amigo Enzo apoyándolo con esa vida que le encargaba la providencia, pero la repulsión que le produjo a su exnovia esa idea le llevó a imponerse sobre el destino de la criatura. Ella creía firmemente que no había manera que él fuera a decidir lo que pasaba en su cuerpo y después de muchas discusiones, terminó por ceder ante la idea de que abortada. No la acompañó, esa vez fue con una amiga y después de unas horas le llamó para contarle que aquel punto de inflexión de sus vidas había desaparecido.

 

Lo que más le había dolido a Enzo no había sido como tal esa historia, sino que Dylan se sentía tan culpable, tan miserable que le ocultó el hecho que ella había abortado y duró mintiéndole durante cuatro meses respecto al estado del bebé. Por supuesto, después de ese incidente terminó con su novia, así que en cierta forma hacía más fácil mentirle a Enzo.

 

Su amigo había estado entusiasmado con la ropa del bebé, con los juguetes e incluso le había propuesto que se fuesen a vivir juntos para criarlo, pero desgraciadamente la verdad es algo que llega incluso si se buscan todos los medios para ocultarla.

 

Se había entrado hace tres meses aproximadamente de la verdad. La primera reacción contra todo pronóstico fue ponerse a llorar. Nunca pensó ver a Enzo desgarrado llorando, para él ese niño ya prácticamente había nacido y era como su hijo, ese fue el primer golpe que no pudo procesar. Ni siquiera lo culpaba, no estaba molesto, sólo muy triste. Después del mes, la ira se había germinado lo suficiente para convertirse en el odio más puro que le había visto tener a alguien en la vida. Y cada día que pasaba Enzo se transformaba en alguien irreconocible, sabía que lo que había hecho era algo terrible, pero él no podía obligar a su ex a que tuviera el hijo. No era su cuerpo.

 

Ni siquiera fue capaz de tratar de buscar respirar, dejó que el brazo de Enzo siguiera obstruyendo su garganta. Pensaba que era su mejor opción, ya que podría compensar la vida que le había quitado con la suya.

 

Como era previsible, poco después se desmayó.

 

***

 

Supuso que no había pasado mucho tiempo. Cuando abrió los ojos seguía en el pasillo del hospital y unas enfermeras estaban alrededor suyo. Poco a poco fue haciéndose una mejor idea de qué había acontecido, Enzo lo había dejado inconsciente y se había ido.

Lo único que sintió al darse cuenta de ello, fue una extraña comodidad.

 

Se quedó analizando la situación durante largo rato mientras lo movían a una camilla y las enfermeras trataban de pedirle explicaciones sobre sus «síntomas». Balbuceó unas cosas que ni él mismo sabía qué estaba diciendo y ellas inmediatamente parecieron encontrar en lo dicho un gran punto de inicio para sus exámenes.

 

Después de una revisión rápida por el doctor de turno, no les pareció que justificara más tiempo ocupando la camilla y le dieron de alta. Cuando salió se dio cuenta que eran las dos de la mañana. Lo había tenido toda la noche en el hospital.

 

Esa noche estaba especialmente fría, la respiración se convertía en un vapor blanquecino que ostentaba amorfismo. Se distrajo viendo desaparecer su respiración en la mitad de la nada. No quería ir a casa, no quería ir a ningún lado, simplemente quedarse merodeando por la ciudad le parecía una estupenda idea. Desgraciadamente, si quería llegar al día siguiente con los dos riñones a la casa, debía irse lo más pronto posible.

 

Caminó a la calle más concurrida y esperó a que pasara un taxi. No parecía querer pasar ningún carro a esa hora, quizás era una señal para que se fuera en su travesía nocturna. Empezó a andar hacia el norte por un instinto extraño, no sabía qué era lo que iba a buscar con su caminata, pero precisamente era por eso que el destino era impredecible.

 

Siguió caminando hacia el norte,  no recordaba que aparte de una zona residencial hubiese algo más. Cuando entró en la zona residencial se sorprendió encontrarse con un pequeño café abierto. No tenía nada mejor que hacer así que entró.

 

El techo era bajo, casi lo rozaba con la cabeza solo estando parado. Las luces eran de color verde claro y le daba un ambiente muy underground. Quien atendía era una señorita de cabello corto y tres piercing en su labio inferior, distribuidos a cada esquina y en el centro. Tenía unos ojos llenos de maquillaje y con unas pestañas postizas que en vez de hacer ver su mirada más intensa, lo único que parecía era ocultar sus ojos sagaces.

 

— Buenas noches.

 

La voz era muy aguda para lo que se esperaba de esa figura algo rebelde. Cuando la detalló se dio cuenta que tenía unas facciones que le resultaban familiares de alguna manera ¿La habría visto en algún lado? 

 

— Buenas noches.

 

Ella salió detrás de la barra y lo escoltó hasta el cojín en donde Dylan había decidido sentarse. El café era tan alternativo que todo era a nivel del piso, la barra era el mueble más alto del lugar. La mesa era pequeña y el centro de mesa era una lámpara a gas con un decorado especial que hacía reflejar unos haces de luz muy hermosos.

 

— De alcohol no disponemos más que de cervezas.

— ¿No preguntan qué quiero tomar?

— No parece que tengas ganas de tomarte un capuchino.

 

La sonrisa de la mujer fue el gesto más amable que había recibido en meses. Eso hacía que le dieran más ganas de llorar. Ella tenía razón, lo que menos quería tomar era algo que lo dejara más despierto, más consciente de la soledad en su interior.

 

— ¿Te molestaría acompañarme? No pido que tomes, pero tal vez… —Y le extendió el brazo hacia el otro lado de la mesa para que ella también tomara asiento. — Que sean dos cervezas.

— Entendido.

 

La muchacha caminó hacia la barra y destapó las dos bebidas, luego se acercó y se sentó con él.

 

— Estás de suerte que hoy no tengamos clientela.  

 

Dylan le sonrió a la chica y tomó la bebida. No estaba muy fría pero a esas alturas no le interesaba si la cerveza le sabía más agría que de costumbre. Se tomó un sorbo que le llenó hasta el fondo de la garganta y lo pasó de golpe. Como acto reflejo, profirió un suspiro.

 

— ¿Déjame adivinar? Tu novia te ha dejado por tu mejor amigo, o estaba embarazada o algo así.  

 

No sabía si estaba bromeando con él o si ese era su gran esfuerzo por intentar adivinar qué hacía un tipo en la mitad de la nada a las tres de la mañana. No le indujo a ninguna respuesta, se quedó callado siguiendo con su cerveza. Al parecer el único objetivo de la compañía de la mesera, era hacerle sentir que no estaba solo, que si existía para alguien.

 

Después de unos largos diez minutos sólo mirándose las caras, la chica se paró para dirigirse a la barra. Lo que había ido a hacer era un misterio, luego notó el cambio de la ambientación; la música de fondo le sonaba terriblemente familiar. Claro, era una de las canciones de The Underworld Alliance.

 

— ¿Sabes? Un primo mío tiene una banda. Es el vocalista. No son una banda muy famosa, pero aparentemente ya consiguieron la firma con una disquera. A mí no me gusta esa música, así que nunca he ido a un concierto y no sé mucho de eso, pero últimamente lo estoy promocionando mucho aquí en el café.  

 

Estaba tan pasmado ante tal coincidencia que casi escupe el sorbo de cerveza que tenía en la boca. La detalló y encontró realmente el parecido, era obvio que no iba a tener las facciones marcadas de Enzo, pero algo en la forma de su cara era brusca y se lo recordaba.

 

— Gracias por la promoción.

— ¿?

 

La chica torció las cejas en desnivel y de nuevo se puso a limpiar vasos detrás de la barra. La música de la banda seguía reproduciéndose, canción tras canción. Durante todo ese silencio, se percató que estaba a punto de perder todo por lo que había luchado. No sólo había perdido a su hijo y junto con él a Enzo, sino que por culpa de su error era muy probable que la banda se disolviera en cualquier momento. Para él esa banda era la realización de su vida, quería vivir del arte, quería tocar su bajo y no se veía haciendo más.

 

Así la madrugada se fue deshaciendo como las nubes del cielo. Entre las botellas de cerveza que caían una tras otra, fue teniendo un sueño pesado como hacía mucho tiempo no pasaba. No se acordaba en qué momento se había quedado dormido. Su cuerpo se sentía pesado y a la vez estable, siendo la piedra al fondo del rio.  

 

Ese día no soñó nada, pero entre su inconsciencia sólo podía pensar ¿Por qué la mesera no lo había sacado del bar apenas hubiese cerrado? Quiso pensar que fue por un acto de amabilidad, como si fuera genética entre la familia de Enzo. Entre sueños se fue poniendo muy triste, tanto que sabía que estaría llorando cuando despertara. No tenía de donde aferrarse, hacía meses que no se sentía feliz, que desde el fondo del corazón tuviera alivio.

 

Y por primera vez, en mucho tiempo pensó en lo que hubiese sido su vida si el niño hubiese nacido. Realmente sintió la pérdida. Todos esos meses había estado preocupado por Enzo, por lo que había perdido, pero nunca por el bebé. Ese niño no tenía la culpa de nada, ese infante llegaba a descubrir el mundo, no a morir.

 

Se despertó entre lágrimas, pronunciando una y otra vez: «mi hijo». Era verdad, una pequeña parte de sí había existido por un pequeño tiempo en este mundo, le habían arrebatado la oportunidad de descubrilo.  Lo que más le sorprendió fue que después de calmarse un poco y levantar la vista, se encontró con Enzo sentado al frente suyo. Con los ojos llenos de lágrimas.

 

Las miradas se fundieron en la acuosidad. Las bocas gimoteaban buscando el aire entre tanto dolor y solo encontrando que inspiraban soledad, tristeza, frustración, odio y un amor no correspondido. Habían amado a una vida que no verían jamás.

 

Eran como dos niños que después de tanto pelear se daban cuenta que sus heridas dolían mucho. Se había acabado cualquier manto que les anestesiara el dolor. Enzo había respondido al terrible error de Dylan con su mayor desprecio, Dylan lo había recibido todo y agregó a ello todo el odio que sentía hacia sí mismo.

 

— ¡Lo siento mucho! Yo quería haber criado a ese hijo juntos, lo siento en verdad. No sé qué tengo que hacer para que me perdones.  No puedo perderlos a los dos, eres mi mejor amigo. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, te lo suplico no me saques de tu vida. Sufro por mi hijo y sufro por ti, los perdí a los dos. Si yo tuviera utero… tendría tu hijo, pero no pude obligarla a ella para que lo tuviera, era su cuerpo.  

 

Todo lo que había estado en su interior se había atropellado en una ráfaga que solo iba en contra de su respiración, ya dificultosa por el llanto. La expresión de Enzo no había cambiado incluso con todo su corazón expuesto. Él seguía llorando y en los ojos parecía no existir ni un poco de misericordia.

 

El tiempo que pasó hasta que Enzo se parara de la mesa, no se podía contar con exactitud. Dylan esperaba que hubiese alguna reflexión, todo lo que había dicho era verdad. Estaba siendo tan sincero que hasta él mismo se sorprendía de sus declaraciones.

 

Cuando lo vio levantarse, en su cabeza estalló la cólera ¿Qué era tan difícil de entender? Él lo había hecho porque no quería destruirle sus ilusiones. Fue tras de él, trastabillando con la mesa que tenía justo al frente y antes de que diera más de cinco pasos ya lo tenía de la solapa. Este esquivó la mirada, pero por lo menos estaba menos huidizo.

 


— ¿Qué quieres que te diga? ¡No quería hacerte daño! Demonios… si tanto querías un hijo conmigo, pues vamos y adoptamos uno, pero no más con esto. Es terrible, no me dices nada, no sé qué más tengo que decir. No sé nada.

 

— Yo tampoco sé nada, ni siquiera sé cómo me siento. Lo único que sé es que cada vez que te veo tengo ganas de matarte.

 

— ¡Pues hazlo! ¡Pero haz algo!

 

El tono era histérico, gritaba con todas sus fuerzas. Esperaba que con eso motivara a Enzo a hacer algo, lo que fuera estaba bien.

 

— Cuanto te vi desmayarte en el hospital, me sentí bien. Te desmayaste por mi culpa, te estaba asfixiando ¿Qué haces aquí?

El cambio de las declaraciones hacia la pregunta lo dejó confuso.

 

— Fue… casualidad.

 

Enzo volteó su rostro y encaró a Dylan. Sus cejas se juntaron y la mirada se intensificó. Le devolvió el agarre y lo empujó contra una de las paredes. Dylan no era propiamente un monigote, pero fue manejado con facilidad, estaba de nuevo acorralado.

 

— ¡¿Por qué… tienes que importarme tanto?!

 

La distancia a la que recibió el grito no fue a menos de tres milímetros de su cara. Se encogió en sí mismo por el susto y la emoción. Al fin había dicho después de meses algo diferente al «te odio» de siempre. Las caderas se le aflojaron por la corriente que le produjo la declaración dicha por Enzo.

 

— ¡Quiero odiarte más, más, pero no puedo!

— ¡Te quiero Enzo, maldita sea!

 

Dylan lo gritó tan fuerte que se sorprendió de su propia fuerza a pesar del agarre. Extendió sus brazos con tanta decisión que parte del agarre de Enzo se debilitó, se abalanzó sobre él y lo abrazó. Ese cuerpo no cabía tan cómodamente entre sus brazos, pero podía tomarlo. Las lágrimas no se hicieron esperar ¿Cuántos litros habría llorado en esos meses? ¿Cuán infeliz era? No podía calcularlo.

 

Enzo no le respondió el abrazo en ningún momento pero tampoco lo rechazó. Se quedaron varios minutos llorando juntos. Quien les hizo dar cuenta de todo el espectáculo que habían hecho fue la prima de Enzo que apareció de la nada.

 

— Tomen algo de agua, han llorado mucho.

 

Los dos voltearon a ver a la mujer que se erguía con la mayor naturalidad entre el desastre de esos dos seres. Los guió hacia la barra y les ofreció dos vasos de agua. Ella no preguntó nada, solo se los sirvió y se quedó esperando a que se lo tomaran.

 

— Gracias Lizz.

 

Enzo tomó un largo sorbo y se quedó reflexionando entre el difuminado reflejo de la superficie.

 

— Dylan, toma también algo de agua.

 

La voz de Lizz se dirigió directamente al bajista. No le quedó más opción que tomar, sólo hasta que tuvo el agua en su garganta se dio cuenta que realmente la necesitaba. Ella parecía estar esperando el momento de tenerlos calmados y callados y comenzó a hablar.

 

— No sé qué clase de problema tengan, pero ¿Saben? Sólo cuando está uno vivo es que es capaz de pelearse, de reconciliarse, de tomar decisiones, de equivocarse, y gracias a eso es que podemos crecer y madurar. No importa que tan irremediable parezca lo que les ha pasado, mientras sigan vivos, mientras sigan juntos y decidan intentarlo, siempre habrá una manera de solucionarlo; incluso si tienen que lidiar con una muerte, solo son los vivos quienes pueden manejarla.

 

No eran las palabras más profundas, pero si fueron las más apropiadas. Los dos se miraron sorprendidos, eso era algo que no habían pensado. Querían llegar a la muerte, pero estaban huyéndole a su propia vida. Enzo, luego de mucho tiempo, al mirar a Dylan mostró una expresión diferente. Esta vez sí estaba mirándolo como el ser que seguía vivo, en el mismo plano que él.

 

— Así que ¿Qué les parece si siguen vivos? Es algo perturbador escuchar que quieres matar a alguien Enzo, y a las primeras horas de la mañana.

 

Agachó la mirada y sonrió levemente, aún no tenía el ánimo de reírse pero agradecía a su prima el intento.

 

— Me sorprendí mucho encontrarte aquí esta mañana.

— Más me sorprendí yo al enterarme que por casualidad había terminado en la tienda de tu prima.

— Y yo inocente pensando que era un borracho como todos los demás, señor bajista.

 

El tono al final había sido de complicidad. Con la gran sonrisa que le mostraba era imposible seguir haciendo la cara de puño que tenía hace rato. Le regaló una sonrisa pequeña, tomó otro sorbo de agua y se levantó de la barra. Se arregló un poco su ropa.

 

— Creo que ya es hora de irme, les agradezco su hospitalidad y Lizz… gracias por el consejo, voy a intentar seguir viviendo. Enzo, gracias por escucharme. Lo siento mucho.

— Yo… lamento haberte hecho daño.

— Está bien, no fue realmente algo desagradable. Sentí que era justo.

 

No querían decirse más cosas, implícitamente tenían una tregua. Algo así como la “tregua de los vivos”, mientras aún pudieran intentarlo, iban a reconstruir lo que se pudiese recuperar. La mano de Enzo se posó en su espalda y le dio unas palmadas. Ese gestó lo enterneció y se lo devolvió. No era propiamente el símbolo de la camaradería, pero era el acercamiento de quien quiere recuperar lo perdido.

 

Así que esa era la respuesta: lo más triste de la muerte, no es quien se ha ido sino quienes tiene que lidiar con la pérdida y la única manera de afrontarla es seguir vivo.